Quezaltepeque

Quezaltepeque
Volcan de San Salvador durante la erupción de 1917

domingo, 2 de enero de 2011

QUE ZALTE PEQUE AL BRINCO DE LA HISTORIA

LA PRESENTE PAGINA PRETENDE INICIAR UN MOVIMIENTO PARA EL LEVANTAMIENTO DE LA HISTORIA SOCIAL DE NUESTRA CIUDAD.

Objetivo.

Esta página pretende disponer de un espacio de participación abierta para incorporar la perspectiva personal de quienes se atrevan a hacer un esfuerzo para escribir la memoria histórica de nuestra ciudad para que se constituya en un instrumento que fortalezca el sentimiento de pertenencia de sus habitantes.

Metodología.

Con el uso de un espacio Web abierto, los y las interesadas en aportar su
Experiencia y vivencias, podrán acceder y hacer sus aportes a esta recopilación histórica y conocer sus contenidos desde el lugar más cómodo, su propia PC.


                                    ERASE UN PUEBLO…
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Érase un pueblo a un Volcán pegado…Quetzal-tepec era el nombre original de la población en donde viví mi tierna infancia, mi juventud y aún ahora forma parte de mi vivir cotidiano, se encuentra ubicada al nor-poniente de la capital en el costado de un hermoso volcán con el mismo nombre y que según el decir de historiadores y moradores mas viejos significa cerro de Quetzales, porque en el habitaban no hace muchos años unas bellas aves con éste mismo nombre, ahora ya casi extintas en la región y adoptada por la vecina Guatemala como su ave nacional. Érase las décadas de la medianía del siglo XX y a este pueblo se llegaba desde la capital bordeando el volcán por el oriente y siguiendo una ruta semicircular hacia el nor poniente, por una  sinuosa y polvosa calle que caducaba en el pueblo después de unos treinta kilómetros o de dos o tres horas de típico viaje  en autobús o automóvil, chunches en ese tiempo muy escasos. Otra forma de llegar era abordando el ferrocarril que seguía una ruta casi paralela a la “carretera” y que se abordaba en la Avenida Independencia en la entrada oriente de la capital a la par de La Constancia, fabrica de cerveza muy conocida; el servicio de ferrocarril tenia dos alternativas una más rápida denominada.”la bala de Plata” consistente en un solo vagón de extremos ovalados y motor diesel, color plata, con capacidad para unas 50 personas, que en sus inicios realizaba tres viajes al día de ida y vuelta, saliendo a las 6.00 am, 11.00 o 12.00 m. y retornando a la 1.00 pm, 5.00 pm y 7.00 pm  cuyos usuarios generalmente eran empleados o comerciantes madrugadores, la otra alternativa era el ferrocarril universalmente conocido en esa época, conformado de una locomotora de carbón con su gran penacho de humo negro y su estridente silbato que pasaba cuatro veces por el pueblo dos veces hacia el occidente hasta el puerto de Acajutla y dos veces hacia la capital halando un buen número de vagones de unos seis metros de largo, entre vagones de pasajeros y de carga, que nos facilitaba ir al occidente hasta el puerto de Acajutla, pasando por entre otras poblaciones, como Armenia y la cálida Sonsonate.

Cuando llegamos a residir a esta población, yo tenia como año y medio y el pueblo supongo entre 75 y 150 años, ya que según me enteré era una vía de a caballo y carreta que comunicaba a la frontera con Honduras pasando por la villa Toma de Aguilares, lugar reconocido por haber sido propiedad de la familia de los lideres del movimiento independencista los padres Aguilar, y de allí al punto fronterizo El Poy; en el casco urbano del pueblo se contaba con unos dos mil quinientos a tres mil habitantes y una extensión territorial de cerca de un kilómetro por lado en un casi perfecto cuadrado en donde se asentaban en su mayoría viviendas de bahareque y adobe del tipo un agua y dos aguas llamadas así por la forma de su techo.

La entrada desde la capital y otros pueblos en la misma ruta se hacia por el sur oriente, casi por el mismo punto en donde se encontraba la estación de paso del ferrocarril; a menos de cien metros de la entrada y hacia el poniente se encontraba el nuevo parque Moran, el grupo escolar José Dolores Larreynaga y la bomba del servicio de agua potable, inmediatamente al costado sur de estos centros se hallaba la galera de la estación del tren con su caseta de boletos, bodega, andenes altos de abordaje, dos vías de rieles que formaban un arco con cuerda y en la punta poniente del arco una fosa circular en donde hacían girar las maquinas para cambiarles el sentido hacia oriente o hacia el poniente, mas frecuentemente a la bala de plata, cuando su destino final era este poblado, mas al sur de la estación se encontraba el camposanto, sitio de descanso eterno de los que pasaron a mejor vida; del parque Morán hacia el poniente y pasando un puentecito al estilo de los de pobladitos europeos de la época medieval hasta unas diez u once cuadras terminaban las viviendas urbanas en el barrio El Guayabal; y de este punto hacia el norte otras diez o doce cuadras llegábamos a su extremo en este rumbo no obstante la calle continuaba hacia el nor poniente y pasando por la conocida quebrada de Poloncuilo llevaba más adelante a un desvío a campo traviesa hacia el balneario de aguas minerales de La Toma; pero volviendo al borde norte del casco urbano y tomando hacia el oriente también después de cerca de 10 cuadras terminaba por este rumbo en la calle que se prolongaba hacia el nor oriente hacia los cantones Santa Rosa, Platanillos, Girón, La loma, Tutultepeque y otros y girando en esta calle noventa grados hacia el sur unas once o doce cuadras llegábamos nuevamente al punto de entrada por carretera y vía férrea hacia la capital; pasando la vía férrea una calle de tierra nos conducía hacia el cantón El Cerrito, de grata recordación y hacia la finca Mirasol en las faldas de volcán, otra calle que salía del pueblo al costado poniente del grupo escolar hacia la punta del Volcán donde encontramos un lugar llamado San Juan Los Planes y el Boquerón; esto constituía el trazado urbano y calles de salida en esa época; sus calles internas a la distancia parecían pintadas a punta de pincel con diferentes matices de grises, blancos, café claros y verdes como consecuencia de paredes pintadas de cal o adobes sin repello, las calles empedrados con mogotes de zacate creciendo en sus uniones y las ramas de los árboles que curioseaban por sobre los tejados de color del grano de café bien maduro o bien desde las orillas de las aceras y desde los arriates centrales de las avenidas José Matías Delgado y 3 de Mayo; el pueblo se dividía en unos cinco o seis barrios si mal no recuerdo, todos notorios por alguna característica particular del lugar o de su gente,  tres quebradas serpenteaban de sur a norte entre las calles e invadiendo la privacidad de las viviendas, llamadas Poloncuilo, El Coyol y agua caliente; en el barrio el Centro se encontraba la Iglesia principal con un estilo arquitectónico de gran belleza y majestuosidad que ofrecía propios y extraños el refugio adecuado a sus meditaciones y autocensuras, el mercado y la alcaldía municipal, además los vestigios de un primer parque que originalmente fue el central y que a ese tiempo solo mostraba algunos bancos de cemento, un arríate central con una Ceiba al centro, unas palmeras, mangollanos, caraos y otros árboles viejos y deteriorados, a sus costados viejas casas con portales ahora convertidos en locales comerciales y en Escuelas, una de ellas la Escuela Nicaragua primer centro exclusivo para niñas, los portales de la Alcaldía Municipal,  el atrio de la Iglesia principal,  el portal de la compañía de luz y otros centros que se escapan a la memoria, aquí se centraba el quehacer administrativo y comercial del pueblo, entre los que recuerdo almacén Vidrí, almacén Vilá, el almacén del turco Hananía, la casa Bazán, Almacén Zavaleta, la casa Quan, casa Katán, los Yada, el montepío, Caja de Crédito, farmacias, un cine teatro,  molinos y otros, creo interesante mencionar que estando aquí la Iglesia Central y el mercado, la aglomeración y las relaciones interpersonales tenían su más fuerte centro de expresión, bastará decir que se encontraban aquí los locales de las agrupaciones sociales que en tiempo de fiestas patronales reunían a lo más floreado y granado de la sociedad quezalteca en sus salones de baile; en el barrio de El Calvario se encontraba la iglesia del mismo nombre, el nuevo parque Moran, la estación del tren, la bomba del servicio de agua potable, el único grupo escolar exclusivo para varones, dos canchas deportivas, un huerto escolar, el cementerio general, una de las principales sastrerías, el mejor arreglador empírico de quebraduras, esguinces y torceduras y uno que otro sitio para diversión de adultos, importante es mencionar que en esa época uno de los centros de expresión de las relaciones bilaterales y colectivas era el nuevo parque, en donde los fines de semana amenizaban los coloquios interpersonales, los recitales de la banda municipal o regimentales de visita que entreabrían los telones de los dramas pasionales y de los recuerdos con su música;  hacia el occidente casi partiendo al poblado en dos de sur a norte se hallaba una quebrada muy pintoresca sobre la cual se encontraba dos puentes de torrecillas al estilo de los puentes peatonales de la Europa medieval, esta llamada Del Coyol dividía además en el sur al barrio del Calvario y barrio El Guayabal, uno de los barrios más humildes en razón de la estructura de sus viviendas no obstante gozaba de importancia por lo aguerrido de sus jóvenes en cuanto a espíritu de competencia y participación, contaba con una Escuela mixta la Emilia Mercher, en donde muchos niños y niñas conocimos los primeros pasos de la relación de géneros; muchos artesanos de renombre en varias artes y uno de los galleros más reconocidos del pueblo, un molino para nixtamal, café y otros granos vivían aquí, por este barrio se accesaba hacia uno de los cantones más anecdóticos y pintorescos de ese tiempo, el cantón Primavera con muchas historias y cuentos, una hermosa poza El Roble y una Ceiba centenaria “La Chin” y con muchos personajes notorios; contiguo a este barrio y hacia el norte se encontraba el barrio El Transito, en el habitaba y tenia su centro de operaciones el propietario de las unidades del servicio colectivo de trasporte del pueblo y de la zona así como algunos artesanos de mucha calidad, en el mismo encontrábamos la Terminal de buses, algunos almacenes de jarcia y marroquinería y los fines de semana destacaban las peregrinaciones de los turistas que se conducía a los balnearios acuáticos más atractivos del poblado, La Toma, río Claro y la Represa San Lorenzo de la compañía de luz; casi en el centro del pueblo y en la colindancia oriente del barrio El Transito con el barrio El Centro el acceso era un tramo de la quebrada El Coyol que por su amplitud y sus gramales constituía en ese tiempo un refugio para enamorados desvelados que tejieron historias personales muy particulares al amparo de la oscuridad, de día con sus limpias aguas se volvía un lavadero publico muy agradable para amas de casa sin otros recursos; con este barrio y con el barrio El Calvario colindaba el barrio Concepción, uno de los barrios más antiguos y conservadores de la población, a este radicalmente lo limitaba la quebrada de agua caliente que pasaba al oriente del pueblo, por estar cerca del centro comercial tenia muchos negocios como molinos de arroz, molinos de nixtamal, alfarerías, zapaterías, floristerías y otros que le daban su personalidad, al norte colindaba con un barrio más reciente, el barrio nuevo, que estaba creciendo con ímpetu y sus habitantes eran de los más tradicionales, en el se estableció la compañía de telégrafo, el primer centro de educación media en la región, el Plan Básico José Maria Peralta Lagos por lo que además de los y las jóvenes del pueblo y muchos y muchas estudiantes de otros poblados llegaron a hacer su propia historia al pueblo, negocios de madera y otras artes, como talleres de artesanos de utensilios de barro y de tejido de algodón, así como exquisitos productores de chicharrones, fritada, carnes y embutidos al estilo criollo y de algunos platos típicos como yuca, shuco y chilate; al borde de la población mas al norte encontramos el barrio San José en el cual se ubicaron unas monjas josefinas que establecieron un colegio para señoritas que en el tiempo fue de lo mas respetable para la región, este barrio tubo gran auge también por sus manufacturas de barro y destace de cerdos y a mi gusto el mejor artesano en objetos de madera, muebles, ataúdes y trompos, yoyos y capiruchos, por aquí se salía hacia uno de los lugares preferidos del pueblo, el río Sucio, en su tramo del Varío o Barillo, no estoy seguro como se escribe, fuente inapreciable de alimento y distracción para muchos lugareños, y otra de sus calles era la salida hacia los cantones Santa Rosa y Platanillos cuya característica principal no solo fueron las moliendas y algunas preciosas mujeres sino también la quebrada del zapato, llamada así porque las campesinas que venían de las zonas rurales de Tutultepeque, La Loma del Espino y otros, en sus aguas lavaban el barro de sus pies para ponerse los zapatos y entrar al pueblo.

IMAGEN

Ciertamente el pueblo mismo parecía una acuarela sumergida en tonos de verdes intensos y frescos salpicados de rojo, rosa, amarillos, morados, azules producto de la floración de los cañales, los cafetales, los San Andrés, Conacastes, Caraos, Cedros, Maquilishuats, madre cacaos, campánulas y muchos más bajo una boveda de lánguido celeste con bordes azules verdosos; afuera del pueblo en todos los rumbos calles bordeadas de árboles frondosos comunicaban a la población con cantones, caseríos y otros poblados, en las faldas del volcán y por el norte y poniente del pueblo los cafetales con sus árboles de sombra le daban un ambiente de frescura y lozanía, al lado oriente y nororiente durante el invierno los cañales pintaban de esmeralda el paisaje circundante y en el verano se volvía un mar de espumas rosadas grisáceas conjugadas con un cielo celeste sin manchas, excepto por los vuelos fugaces de los abundantes y variados pájaros, en la distancia colinas de diversos matices y formas lo bordeaban por todos los rumbos.

Su gente podría haberse afirmado que pertenecía a una misma familia, las puertas de las casas siempre estaban abiertas y la calidez rebosaba sin limites, los vecinos no solo disponían en todo momento de un saludo sincero y una sonrisa franca, sino en muchas oportunidades de mucho de más de un vaso de agua, un pan o una fruta para sus visitantes o visitados, la cordialidad y la solidaridad eran características esenciales en aquel ambiente. Los adultos disfrutaban de las visitas casuales de sus vecinos mientras los y las jóvenes gozaban de una libertad de movimiento sin riesgos ni malicias, tanto en el día como al entrar la noche, los parques, las esquinas con luz quejumbrosa y las calles empedradas eran santuarios para la vida sencilla, simple y sana de sus habitantes.  

Como ya he mencionado el casco urbano estaba conformado mas o menos por unas ciento veinte a ciento cincuenta manzanas o cuadras, bajo un trazo más o menos geométrico de cerca de noventa metros por lado en cada cuadra se contaban mas o menos cinco casas por lado que colindaban generalmente al centro del cuadrado, muchas de estas colindancias eran virtuales ya que en muchas no existía ninguna clase de división física, las fachadas de las casas casi todas parecían copiadas unas de otras excepto por algunos detalles por ser mas amplias, por algún tapial o cerco, por su altura, otras excepciones eran contadas, en su interior los corredores laterales y jardines y patios amplios eran frecuentes, los techos al sol reflejaban el rojo del barro con el cual se hacían las tejas y la alfarería ya reconocida del pueblo, al frente de las viviendas las aceras de cemento, ladrillo de barro o tierra unas mas bajas otras mas altas, enmarcaban  las calles que tenían casi la misma amplitud alrededor de los diez metros, y trataban de mantener la línea recta y paralelas excepto cuando se llegaba al centro en donde los edificios públicos como alcaldía, iglesia, mercado, plaza del parque central y otros comercios o las quebradas las obligaban a tener un tope, una curva, un corte y salto; dos calles hacían diferencia, la Av.Delgado  que se iniciaban en el sur, en la estación del ferrocarril con una doble vía con arríate central frente al parque Morán  y tres cuadras hacia el norte otra doble vía por las dos cuadras siguientes; y la av. 3 de Mayo que se iniciaba también en la estación con un arríate central y dos vías hasta la siguiente cuadra frente a la iglesia el Calvario en donde se reducía a una vía, pero el arriate se ampliaba, tales espacios estaban plantados de árboles como almendros, mangos, palmeras, nánces y otros que no recuerdo y que le daban un aspecto interesante ante los visitantes y paisanos, la mayoría de sus calles estaban empedradas por manos expertas que le daban uniformidad a un largo mosaico de grises.    


LAS ESCUELAS, LA IGLESIA, PARQUES, PORTALES.

En esta época tres eran las escuelas del pueblo, una para hombres el grupo escolar José Dolores Larreynaga, una para mujeres, la escuela República de Nicaragua y una mixta, la escuela Emilia Mercher; hago un esbozo del grupo escolar Dolores Larreynaga ya que este fue la cuna de mis primeros conocimientos, las otras las conocíamos por fuera y por referencia; este centro se encuentra ubicado en la esquina sur oriente del pueblo, en ese tiempo una cuadra al poniente de la entrada por carretera y al borde del pueblo por la parte sur lindando con la estación del tren; construido en un lote rectangular de aproximadamente cincuenta por noventa metros que además de las aulas escolares daban cabida a un tanque de captación de agua para el pueblo y una pequeña estación de bombeo; el terreno estaba bordeado por una baranda de unos metro cincuenta de altura formada por una fundación de muro de concreto con pilares del mismo material cada cinco metros atravesados estos por cañería galvanizada de una pulgada de grueso, eso estimo, en el centro de la parte norte esta baranda se interrumpía para darle cabida al atrio de la entrada constituido por unas cuantas gradas que asesaban a un patio amplio, en cuyo centro se encontraba el asta de bandera y frente a esta unas gradas que conformaban la base del edificio central con un estilo de construcción muy agradable y usual en la época para los edificios públicos, en la entrada se hallaban las oficinas y naturalmente la campana y hacia los lados se derramaban los diferentes grados, el edificio total cubría cerca del 60% del terreno y en su entorno total entre este y la baranda se prodigaban los patios de recreo y algunos jardines, fueron estos patios con sus amates, icacos, palmeras y otros los que hicieron de nuestra vida escolar una delicia y algunas abolladuras y contusiones amen de accidentes con uniformes y útiles.
Solo por mencionarlo ya que muchos lo vivimos hay momentos que como estudiantes no olvidamos son los azotes con chilíyo en las pompis, que encaramaditos a caballo sobre la espalda de algún compañero fuerte, recibíamos en el patio para ponernos en orden; las micas y los ladrones librados en la baranda, la formación en el patio central antes de la entrada a clases, las practicas de marcha para el 15 de Septiembre en el parque y las guindas de la salida de clases.

La Escuela Nicaragua, era la escuela exclusiva para señoritas y a ella asistía toda la agraciada flora del pueblo, estaba ubicada en el centro de la población en una de las casas con amplio portal en un costado de lo que fue el antiguo parque central, del cual quedaban unos cuantos bancos y muchos árboles viejos cuyos otros costados lo ocupaban la alcaldía municipal, la Iglesia principal y otros vecinos y negocios. Por observación y referencias sabíamos que aunque no era un edificio construido para esta finalidad, tenia características de amplitud, frescura y reconocimiento de la comunidad, las chicas siempre lucían su uniforme blanco con pulcritud y con orgullo y se hacían notar en los concursos de capacidades y en actividades publicas y claro para los varones representaba un centro de curiosidad y acercamiento.

La Escuela Emilia Mercher ubicada en las orillas del barrio El Guayabal, era un centro
más modesto y con menos alumnado y le daba cabida a la creciente población de las zonas circundantes, también tenia sus preferencias por la calidad de sus profesores.

En el pueblo había dos iglesias, lamentablemente de ninguna de las dos conozco la fecha de su construcción y a mi llegada al pueblo ya estaban dando sus servicios; la Iglesia del Calvario ubicada en el barrio del mismo nombre sobre la av. 3 de Mayo, estaba constituida de una sola nave, construida con armazón de madera con forro de lamina, a su alrededor tenia unos patios poco accesibles que terminaban a la orilla de la quebrada del coyol en el poniente donde abundaban matas de guineo, de ella salían los vía crucis durante la época de cuaresma y era el santuario del sector sur del pueblo.

En el centro histórico del pueblo, en el costado oriente del viejo parque central se ubicaba la Iglesia Principal, construida sobre un terreno de un poco más de una manzana, lo compartía con la casa parroquial y un convento, todo ello estaba circundado con un muro de unos cuarenta centímetros de ancho con una especie de gruesos pilarillos cada cierto tramo, en el costado sur este muro se abría para dejar un pasillo de entrada a la Iglesia en el mismo rumbo y al poniente el mismo se abría más ampliamente para mostrar unas secciones de gradas que gradualmente elevaban el nivel a la altura del piso de la estructura central de la Iglesia unos treinta metros adentro, a los lados del pasillo de entrada encontrábamos varios árboles entre ellos palmeras y discretos jardines, luego de las primera dos gradas de la entrada y unos metros adentro comenzaba la estructura del atrio, con unos dos o tres niveles de gradas que se ampliaban hacia los lados formando la base de la estructura principal; a unos cinco metros del borde de la plataforma del piso y al centro se elevaban cuatro pilares torneados estilo colonial que con su techo triangular integraban la entrada principal a la nave central del santuario, este portal de clásico estilo colonial concluye arriba con un reloj al centro del triangulo y en su cuspide con una cruz y a sus lados y sobre las naves laterales dos torrecillas que contenían el campanario y algo más, a los lados del portón principal, dos amplias puertas completan el acceso hacia dos naves laterales, las naves laterales una al sur y otra al norte también disponen de un portón de salida cada una hacia su lado; de unos cincuenta metros de profundidad las naves se integran en un altar central elevado por unas cinco gradas y en donde inician dos filas de pilares que le dan soporte a la estructura del techo forrado con duelas de madera machiembrada del que pendían elaboradas lámparas de araña,la nave central era cruzada con unas cortinas de franja que van de pilar a pilar a partir del altar central donde se aprecian bellas imágenes religiosas, la mesa del sacrificio pascual y un púlpito. En el atrio no solamente se realizaba la reventazón de cohetes, sino que servia de mirador para apreciar las ruidosas ruedas con su luces de colores que alegraban las festividades del pueblo y de antesala para disfrutar del jolgorio del saludo de los familiares y amistades de algún o alguna bautizado o matrimoniados, pasando por el ultimo adiós de los, las parroquianos que habían pasado a mejor vida.

En este tiempo los portales no solo formaron parte del trazado arquitectónico sino también parte importante del quehacer comercial y social de los y las quezaltecos, ubicados al poniente y norte frente a la plaza del parque central que ya entonces se había convertido en una extensión del mercado, se aglomeraba la gente para cubrirse del sol, de la lluvia y encontrarse con los vecinos o vecinas y darse un saludito, construidos ya hacia algunos años, en principio posiblemente residencias de destacadas familias poco a poco se convirtieron en centros de enseñanza y comercios muy frecuentados, al sur el portal de la alcaldía y el atrio de la Iglesia al oriente completaban el cuadro del centro comercial del pueblo al cual ya se había integrado un apretado y sencillo mercado entre la Iglesia y los almacenes vidrí y otros.

El parque Morán esta en la parte sur del pueblo, en el barrio El Calvario frente al Grupo Escolar Larreynaga, es un parque nuevo constituido por cuatro cuerpos de arriates y senderos arbolados al centro de un doble anillo de asientos de concreto al estilo diván de unos tres metros de largo por cincuenta centímetros de ancho y cuarenta de altura rematados en sus extremos por un cabezal en forma de colocho separado del siguiente por un arriatito de cerca de un metro, cada cuadrante tiene de cinco a seis de estos asientos por lado rematados por un obelisco de unos tres metros de altura, con una esfera de cristal blanco al tope, abre en el medio de cada uno de sus lados un pasillo en cruz de unos cuatro metros de ancho hacia el centro del parque  en donde concluyen en un rodeo al kiosco exagonal techado con pista central y asientos en contorno de concreto con baranda, unas escaleras de concreto con deslizaderos a sus lados dan acceso a la pista elevada por el lado poniente, en cada esquina otros dos obeliscos similares abren otras entradas a la pista perimetral entre las filas de asientos y se integran a la cruz de corredores internos  y al kiosco y constituían la pista de patinaje, bicicletas y de paseo familiar; en tiempo de clases, a la salida de la jornada era un verdadero hervidero de muchachos que nos divertíamos de la manera mas diversa, algunos saltábamos con nuestros bolsones a la espalda, de colocho en colocho en los cabezales de los asientos del parque, el chiste era venir salto tras salto desde la entrada hasta los pasillos, el saldo era una osadía que a muchos nos costo mas de un buen golpe o alguna cortadura en la cara; Otros amontonaban sus bolsones en algún sitio y formaban ruedas para jugar ya sea a las pepas (chusca, toque y cuarta o algo mas), chibolas, Trompo, Yoyo o simplemente con la pelota en los senderos de tierra entre los arriates, algunos con patines de fabrica o artesanales hechos con carretes de hilo para calzado como ruedas o con alguna vaina de palmera que hacia las veces de trineo rompían el reposo de la pista, así como algunos más disfrutaban de algunas frutas que ofrecían los árboles en los arriates. Pero por las noches la historia era otra, el parque con sus tenues luces en los faroles blancos se prestaba para jugar al ladrón librado, al escondite, al arranca cebollas, rondas infantiles y en oportunidades a enfrentamientos con hondas sencillas cuya munición era trocitos de cordoncillo al que le llamábamos BCG por el ardor que provocaba su impacto. Todos los rincones del parque tenían un propósito, desde los juegos para niños y niñas pequeñas, paseantes por toda la pista, juegos de varones más grandecitos como los mencionados antes y rincones de mucha sombra para parejas de enamorados. En esa época los Sábados y Domingos eran verdaderas ferias a toda hora del día, desde el atol shuco con pan francés calientito para los madrugadores, los juegos de niños durante el día y los conciertos con bandas regimentales o marimba por la noche de fin de semana endulzaban el oído y los corazones de las parejas y familias.   

LA VIDA EN SU ENTORNO

Casi todos los habitantes encontraban en los entornos del pueblo sus propios medios de subsistencia, algunos comerciaban los productos agrícolas de la zona en poblaciones cercanas y en la capital y en tiempos de mi niñez solo unos cuantos viajaban por razones de trabajo hacia otros lugares, no obstante con el tiempo esto se volvió muy común.

Por encontrarse sobre la antigua ruta hacia la frontera con Honduras existían muchas salidas hacia otros lugares, todas ellas abiertas por el frecuente uso de los lugareños en la necesidad de acceder a otros mercados y en ocasiones por acciones de los gobiernos,
De tal manera que por el sur frescas calles rusticas bordeadas de grandes árboles  llevaban a distintas zonas en el volcán, al occidente además del ferrocarril otras conducían al Sitio del Niño, San Juan Opico, Chanmico, hacia el norte no faltaban calles y senderos que nos llevaban al Jocote, Tacachico, El Paisnal, Aguilares y por el oriente Nejapa y Apopa, la satisfacción de los saludos entre viajeros, el olor del campo, los encuentros con el ganado y los diferentes matices de las plantas eran suficiente aliciente para emprender estas jornadas de viaje.
   
El tren fue uno de los medios que más favoreció el comercio y en un principio fue el medio más rápido y seguro de viajar, sin embargo tenia sus desventajas por los horarios  que servían ya que pasaba una sola vez por la mañana en ambos sentidos y otra por la tarde, no obstante de Quezaltepeque salían y entraban hacia la capital las llamadas balas de plata, por su color plateado, al menos dos durante la mañana y dos por la tarde, y una hacia el occidente, se trataba de pequeños vagones motorizados con capacidad para unas cuarenta personas aunque frecuentemente parecían más flexibles, que hacían viajes directos hacia la capital y hacia el occidente.

Hacia el sur y algunos sectores al norte se tenían varias fincas cafeteras de pequeñas y medianas extensiones en donde los pobladores, principalmente de las zonas rurales, encontraban ocupación casi todo el año, de allí que pronto en sus alrededores se constituyeron caseríos interesantes por sus costumbres; hacia el oriente y norte predominaba el cultivo de la caña de azúcar y la ganadería, que igual generaba mucho trabajo estacional y duradero, podría parecer poco lógico pero hacia el occidente se encontraban las huellas de una lava antiquísima, con un inquietante sitio de particular atracción llamado el Maispaisal,  y la magnifica vista de la erupción mas reciente del volcán, a donde por lo místico y árido, escasamente recorrí, de todos los rincones del campo canastos equilibrados sobre las cabezas de esbeltas mujeres y niñas fluían por las calles del pueblo ofreciendo las más variadas y ricas frutas y otros productos de consumo.
         
LAS FIESTAS PATRONALES

Diciembre, Diciembre, tenia de todo, navidad, fin de año, trabajo, delicias y además las fiestas del pueblo en honor a San José que se iniciaban una semana antes del propio día del santo con alborada, bando, conciertos, ruedas, juegos deportivos, reinas, carreras de cinta, gallos, procesiones y otros que no conocí a esa edad, además de los bailes de salón en distintos centros sociales y culturales; cada barrio se esmeraba en hacer lo suyo mejor que los demás, sin duda las mujeres a cual más bonita desfilaban en los parques, carrozas y salones de baile en busca de la atención de sus vecinos; no obstante el fervor religioso trascendió cualquier otro eje y en la procesión del patrono todos los pobladores incluyendo los de las zonas rurales vestían su traje de estreno y recorrían las calles del poblado de principio a fin.

Las carrozas sencillas pero ingeniosas y coloridas eran parte de las actividades diarias y cada uno de los barrios hacia esfuerzos sorprendentes para presentar las suya, la cual se engalanaba con la más agradable chica del barrio, que desbordaba su simpatía con la finalidad de constituirse en la mejor.

Las procesiones solemnes desfilaban por todo el pueblo generalmente en hombros de los varones del pueblo y mucha gente de los poblados vecinos que además venían a hacer sus compras, y de paso a darse una vueltecita en la voladora y la Chicago y a no poder más, que los cipotes se subieran a los caballitos. Era una semana de alegría que no dejaba de tener algunos inconvenientes para familiares de más de alguno que por bolo y bochinchero terminó herido, renqueado, en la cárcel y algunas raras veces en el cementerio.

LAS FIESTAS DE NEJAPA.

Nejapa es ese tiempo un pueblo más chico que el nuestro, tenia cierta fama por su fiesta patronal, además de estar tan próximo, existían las motivaciones juveniles de ver los prospectos del sexo opuesto, por lo que muchos nos aventurabamos a caminar los cerca de cuatro kilómetros entrando la noche, para disfrutar un rato de la algarabía de los actos públicos, no era poca la gente que en la ruta interurbana engrosaba la peregrinación, lo que nos daba más seguridad y fuerza, sin embargo para el regreso cerca de las doce o una de la madrugada según el arrojo de cada quien, el cuento era otro, sin embargo aparte de uno que otro bolo escandaloso, el temor era mayor por los miembros de la autoridad en patrullaje.

LAS MOLIENDAS Y LAS CORTAS DE CAFE

En estos tiempos era corriente encontrar además de grandes plantaciones de caña de azúcar, pequeñas plantaciones familiares de caña morada rayada las cuales eran procesadas en pequeños trapiches montados en los patios de la casa de finca. El trapiche consistía generalmente de un eje vertical central que en la parte superior disponía de una viga, que con éste formaba una T, en cuyo extremo iban atados dos bueyes o caballos que hacían girar el piñón vertical que hincaba sus dientes en otro piñón planetario ajustado a dos cilindros horizontales que trituraban la caña, que con gruñidos lastimeros osaba abrirse espacio entre ellos, exprimiéndoles sin lastima hasta la ultima gota del jugo que caía en chorros hacia una canaleta que lo conducía hacia un gran perol, colocado más abajo sobre un ardiente horno en donde convertía la savia de la caña en diversos productos líquidos azucarados de diversa consistencia y color que satisfacían el placer a todo tipo de gustos, incluyendo productos sólidos como el pilón, la panela, la melcocha y el batido y no digamos ayotes, piñuelas, coyoles, guineos y otros, acaramelados íntegramente dentro de los mismos peroles.

Generalmente la molienda se realizaba en los meses de Noviembre a Enero, cuando la caña ya ha florecido y el campesino iniciaba los preparativos de la tierra para la próxima cosecha. La caña madura era cortada y llevada en carretas durante el día, al patio donde se encontraba el trapiche que comenzando la noche ya estaba limpio y amarrada la yunta de bueyes a su viga superior para iniciar un circuito cerrado interminable alrededor de los cilindros extractores del jugo.

Temprano por la mañana o entrando la noche comenzaban a llegar los amantes de la cachaza y el vicio, para llegado el momento, introducir el mogote de bagazo masticado y extraer de los peroles humeantes el sabroso néctar, mientras en los alrededores los peroleros y los atizadores del fuego hacían su trabajo de vigilar su funcionamiento y a los curiosos abusivos mientras esperaban el punto, los visitantes intercambiaban impresiones sobre asuntos de la vida cotidiana y cada quien a su tiempo degustaban de los productos de su predilección, con el pasar de las horas mientras unos se acomodaban en algún rincón para mitigar el cansancio o el sueño, otros emprendían el camino de regreso al hogar, satisfechos y llevando las muestras de aquel banquete en su expresión o en algún tanate.

Demás esta decir que los días más frecuentados eran los Viernes y Sábado, pues tanto adultos como pequeños entrábamos en el receso del fin de semana, sin embargo como estas moliendas eran abundantes y por varios rumbos, habían variantes en cuanto a los periodos de molienda, así como en cuanto a los flujos de visitantes, pero lo que si era igual, el acceso abierto para todo el que quisiera deleitarse con el manjar, además de la gran variedad de productos que podía obtener a bajo costo, por lo tanto era frecuente encontrarnos en fin de semana con turistas de la capital y otros poblados caminando por las veredas en las afueras del pueblo buscando llegar a la molienda.

LA CORTA DE CAFE 

Estaría de más decir que ciertamente las cortas de café no constituían un placer para la gran mayoría de participantes, pero los quezaltecos encontrábamos la manera de que esta tarea se volviera algo cercano a ello, de tal modo que no era poco frecuente que los jóvenes nos uniéramos a la fuerza productiva real y tuviéramos las experiencias que ella
generaba.

La corta del café también era tarea de estación, y  se desarrollaba en el verano durante los meses de Noviembre a Febrero, a diferencia de la molienda que se realizaba en un ambiente calido y de degustación, aquí había que bregar con el sueño, con el frío y con los temores; generalmente las fincas cafetaleras se encuentran principalmente en las faldas hacia la punta del volcán Quezaltepec, por tanto había que madrugar para llegar temprano al reparto de números y zurcos, recorrer en la semioscuridad de la madrugada, entre sombras y sonidos desconocidos, distancias considerables y bien abrigado para soportar el frío clima en las alturas y el rocío acumulado en las hojas de las plantas que terminaban dándole al(a) cortador(a) el baño que dejo frustrado en su hogar.

Para la corta había que prepararse: un canasto con un cincho, una pichinga con agua y una ropita caliente era conveniente, además de alguien que lo despertara a uno bien de madrugada, para salir por las calles del pueblo sin que lo vieran, por razones de “imagen”, y por supuesto otros vecinos o vecinas que le hicieran gallo y que conocieran del asunto y que nos ayudaran con el miedo. La calle hacia el cantón Valle del Señor, era una verdadera romería en la temporada, pero por cuestiones de altura, frío y temor cuando hicimos esta tarea, preferimos la finca Santa Cruz en la salida al Vario, al norte y alejado de la falta del volcán, aún así no fue fácil, pero si muy estimulante a la conciencia y a la experiencia.

No esta de mas mencionar que esta experiencia deja además de conocimiento un profundo reconocimiento a las virtudes de la naturaleza y una cercanía palpable con la verdad del campo, quemadas de gusano, sustos con las vejuquillas, corales y tamagaces, placer con los colores de los talapos, chocolateros y urracas y pasmocidad con la rapidez de los mapaches, conejos y cusucos son algunos que mencionar.


TURISMO

En esta época el turismo interno era la forma conocida de esa industria y Quezaltepeque a pesar de ser una población pequeña, tenia atractivos interesantes principalmente para los capitalinos y poblaciones cercanas, uno de estos elementos de atracción era el acceso por ferrocarril, la relativa cercanía y principalmente lo impresionante del paisaje a recorrer para llegar al balneario de La Toma y las características del balneario mismo; la euforia y salvaje belleza del río Sucio, la calida lava antigua del maispaisal y sus fuentes de agua de Vicchy y lo agreste y calido de la lava mas reciente de 1917; los folclóricos caminos al boquerón y a la cumbre del volcán que incluían un teleférico para el transporte del café, el embalse de la generadora de electricidad en San Lorenzo por el cantón San Matías, los beneficios de El Río Claro y Atapasco,  el cerrito y otras.

EL BALNEARIO DE LA TOMA.

La Toma es un balneario alimentado por manantiales que escurren del vientre del volcán Quezaltepec, cuyas aguas minerales tienen un exquisito sabor y se dice que además son medicinales; encajado entre piedras cortantes de una vieja erupción volcánica, bordeada de viejos helechos y arboles centenarios, vierte sus aguas frías y cristalinas en borbollones surgidos de entre las rocas laterales y del fondo a dos piscinas, una mediana cavada en la roca volcánica virgen, por lo que en su fondo puede apreciarse la arenisca negra de la roca volcánica triturada y puede sentirse sus afiladas aristas además de pequeñines peces comecallos  y que vierte su contenido a una mas grande, “El Tancón” un rectangulo irregular en dos de sus lados, de unos cincuenta por noventa metros en sus costados y una profundidad en declive desde un metro y medio  hasta tres o cuatro metros en el punto donde se ubica un trampolín a la par de un vertedero que deja caer el agua a una poza donde crece el berro y es utilizada por los lugareños como lavadero público, ambas piscinas tienen en sus costados estructuras grandes y al frente corredores de unos cuarenta metros para servicio de desvestideros y descanso y en sus alrededores asientos para mirones y reflexivos, el “tancón” tiene en su centro un arríate en el que se encuentra un árbol de mango con sus frutos quita el hambre a más de un friolento o friolenta nadador o nadadora y sus ramas estimulan los lances al estilo “Tarzán”, demás esta decir que este aperitivo solo estaba al alcance de nadadores y avezados; su entorno occidental esta sembrado de otras pequeñas pozas en roca viva bajo frondosos líquenes y helechos, mangos, conacastes, ujushtes, almendros machos y otras especies y tapizados en sus costados por zapillos, trepadoras, campanillas y ninfas, lugares paradisíacos para románticos naturalistas de pies escamosos, ya que las aristas de la roca cobran su tributo a quienes con pies frágiles osan mancillar su virginal pureza, a la entrada del complejo encontramos chalets en donde el que tiene para pagar degusta de platos típicos y frescas bebidas, además grandes y frondosos árboles bajo los cuales diligentes señoras ofrecen el mas típico plato, la hoja de huerta llena de calientita yuca salcochada con salsa, fritada, chicharrón o pepesquita de rio, la “chenga” con frijol y queso, minuta de todo sabor y el refresco de horchata o ensalada.

Llegar a este balneario requería pagar un tributo a la naturaleza por el uso de su aire puro y por el disfrute del paisaje. Habiendo arribado a la estación del ferrocarril o a la Terminal de buses, regularmente en las primeras horas de la mañana, todo el mundo se prepara con sus tanates a la cabeza y niños a la espalda y unos que otros con masajes a las piernas para enfrentar la caminata, no obstante gran cantidad de niños y ancianos se cuentan entre los peregrinos; la primera etapa del viaje obliga a recorrer la población a través de sus calles empedradas de sur a norte, casi obligatoriamente significaba pasar por el mercado, a esa hora con genuinos olores de frijoles y platanitos fritos, tamales, pupusas, fritada y chocolate y otros que invitan al visitante a saborear uno que otro bocadito, a continuación se tomaba la calle que llevaba a la salida del pueblo por el nor poniente y nos adentrábamos a una calle de tierra, que en invierno se bordeaba de flores de zapillo, campanillas, begonias, helechos y cafetales que con sus altivos árboles de sombra envolvían de frescura el ambiente hasta llegar después de unos doscientos metros a la quebrada de poloncuilo, la que es ese tiempo dada su frondosidad y exhuberancia invitaba a pensar en los personajes de las leyendas campiranas más populares como la sihuanaba y el zipitillo,  cabe mencionar que en los inviernos de esta época, esta quebrada, se volvía un riesgo que no muchos querían enfrentar, amen las copiosas lluvias de la zona que bajaban en torrente siniestro por su cuenca, en el verano la cosa era distinta, no obstante su curso recogía mucho agua, vadearla era posible sobre las rocas colocadas por los lugareños; pasando la quebrada la calle iniciaba una cuestecita fangosa o polvosa según la época que tendía hacia el poniente y nos adentrábamos en ella por cerca de un kilómetro hasta llegar a un punto en donde se bifurcaba hacia el poniente hacia la hacienda Las Mercedes y el cantón San Matías y hacia el norte rumbo al río Claro, sobre este rumbo y a unos doscientos metros había que saltar un cerco de la hacienda Las Mercedes y caminando por senderos abiertos entre cañales y pastizales subíamos una pequeña loma cuyas laderas presentaban vestigios de haber contenido en alguna época atrás una laguna; desde este punto y para quienes amábamos los espectáculos únicos divisábamos la alfombra verde y gris rosasea de los cañales y en ocasiones combatiendo nuestro miedo, esperábamos la entrada de la noche para ver a la distancia, allá en el poniente la corona de fuego y humo rojinegro con que se vestía el Izalco para su danza nocturna; habiendo recorrido quizá unos quinientos metros, iniciábamos un descenso moderado hacia una planada plantada con caña de azúcar y después estimo otros quinientos o mil metros de pastizales y cañales llegábamos a un cerco, pasando el cual tomábamos la calle terrosa que cien o doscientos metros adelante nos introducía al balneario, cuya entrada era un dosel de lujuriantes helechos, musgos, líquenes, zapillo, colas de ardilla y quetzal y árboles frondosos de muchas variedades entre conacastes, árbol de fuego, amates, chilamates, palmeras, caráos y otros que disfrutaban del frío ambiente del manantial que se filtraba a sus pies. Otra manera de llegar a la Toma era por la calle polvosa hacia el cantón San Matías, pero a golpe de calcetín resultaba mucho más larga la ruta y encontrar un transporte una ilusión; demás esta decir que para quienes llevaban muchos chunches o parientes ancianos o niños el esfuerzo era muy sentido, no obstante el paraje permitía el descanso oportuno y saborear uno que otro trozo de jugosa caña, jocotes, guayabas, mangos y otros según la época del año. El retorno, después de saborear una porción de suave yuca con perezcas, fritada o chicharrón y el respectivo curtidito de repollo, el chocolate o la horchata o ensalada era la etapa triste, principalmente para los turistas foráneos ya que tenían que estar temprano para abordar el ferrocarril que los llevaría de regreso, generalmente cerca de las 4.30 p.m. y bastante lleno de pasajeros, no obstante siempre regresaban.     

EL RIO SUCIO – EL VARIO O BARILLO.

Otro de los sitios del turismo local era el río Sucio, un precioso, fuerte y rico río de aguas zarcas nacido cerca de Zapotitán, con sus rápidos y curvas resonantes y abundantes y sabrosos peces y crustáceos, que corría al norte de la población a unos cuatro kilómetros de distancia entre cafetales y pastizales constituía además de una importante fuente de alimentos para los pobladores de la zona, por lo que era frecuente encontrar principalmente en invierno a los miembros masculinos de las familias en madrugadoras excursiones de pesca, un remanso de placer con sus playas de arenas pardas y sus extensas vegas cubiertas de grama y guayabales, aunque se podía llegar por otros lugares como por el Río Claro o San Lorenzo, era preferido llegar por el sector del  Vario por su cercanía y estado de la calle, por la frescura y tranquilidad del camino y porque al llegar al río un buen amigo y paisano “Guillermo Buendía” poseía un terreno con árboles de mamoncillo que en temporada hacían la delicia de paseantes, además porque el río hacía un recodo en el entronque con una quebrada que formaba amplias playas de arena achocolatada y un islote entre el cauce del río con algunos árboles de sauce que alimentaban la fantasía del lugareño, por lo que principalmente en épocas como Semana Santa y fin de año era abarrotado por las familias del pueblo que lo preferían y dejaban el otro balneario local “La toma” a los excursionistas foráneos que la atestaban.  

La llegada a estos parajes no era tan frecuente por turistas de fuera, debido a que la caminata constituía una aventura de cerca de cuatro kilómetros a un paraje natural sin ninguna clase de comodidad, pero para los románticos la travesía por una calle de tierra  apenas abierta para el transito de bestias y carretas en medio de una vegetación y fauna lujuriosa y mística le daba todo el encanto para disfrutar el viaje, sin contar con la posibilidad dependiendo de la estación, de disfrutar de cujines, pepetos, mangos, guayabas, las características del mismo río, abundante, fuerte, impredecible, rico en alimento y sabroso en su integridad, rumoroso en si mismo y en la fauna circundante, colorido y espléndido en sus matices y sonidos y el placer de terminar sacudiéndose el calor y sudor en el torrente fresco y masajeante, amen de la satisfacción de probarse como atleta y pescador hacía el esfuerzo, bien recompensado.

EL CERRITO.

Como a dos kilómetros del pueblo, hacia el sur y casi en la falda del volcán, llegábamos al “cerrito” en esa época aún no mancillado por las excavadoras,  muy popular como mirador y lugar de descanso después de una caminata y como centro conciliador de parejas; ante la ansiedad de la aventura y la dificultad de ascender al volcán, los pobladores jóvenes emprendíamos la caminata desde el pueblo por una calle de tierra bordeada de cafetales con su follaje de sombra de conacastes, cojines, pepetos, guachipilines, cedros,  además de otros frutales, que conducía hasta la finca Mirasol en las faldas del volcán; después de cerca de una hora de caminar cruzábamos a la izquierda un cerco de púas y nos adentramos en terrenos del cerrito; con una altura de cerca de seiscientos metros, y dos o tres jorobas semi cónicas de piedrin volcánico rojo mezclado con arcilla o barro llamado balastre rojo, casi toda su superficie generalmente estaba cubierta con frescos y mullidos zacatales que hacían las delicias de la reses que llevaban a pastar y de los vecinos que buscaban el descanso, unos cuantos árboles de diversas especies que salpicaban el uniforme color de los zacatales y que se agrupaban más en las escasas depresiones, cercos de alambre de púas que cruzaban de vez en cuando las veredas empinadas, mientras recovecos misteriosos ofrecían a sus visitantes motivos para fantasear y externar sus emociones y deseos. No era raro encontrar, en parajes escondidos, parejas que en actitud conciliadora o de arrepentimiento se estrechaban mutuamente como queriendo elevar mente y cuerpo hacia el cielo ya cercano, así también grupos de muchachos y muchachas en franca competencia para alcanzar las metas colectivamente impuestas en abierta competencia con las aves y especies animales de la zona; constituyó uno de los lugares que mas frecuentabamos los pueblerinos principalmente jóvenes escolares.

EL FUNICULAR DE LA FINCA MIRASOL

Continuando en la calle del Cerrito y hasta su tope nos encontrábamos en la entrada de la finca Mirasol, casi en la medianía del volcán Quezaltepec, en este punto se encontraba la base de un novedoso funicular constituido de un motor que movía dos cables de los cuales se suspendían una especie de bancas en forma de “L” que ascendían y descendían entre los árboles, las cuales bajaban el café cortado uva cortado en la cumbre, semejando raras aves que brotaban de las entrañas del volcán; si se tenía el permiso y la intensión era llegar más arriba, solo había que armarse de valor, sentarse en las bancas y agarrarse con todo lo que se podía y emprender el vuelo guardando todas aquellas debilidades que pudiesen poner en aprietos a su acompañante, si se tenia, si no  guardar los temores y fobias a la altura y aferrarse a nuestro mayor protector Dios.
La distancia del recorrido del funicular supongo no era mayor de un kilómetro, sin embargo su paso por entre árboles, sobre barrancas y la simpleza de las góndolas lo hacia increíblemente espectacular para un pueblerino como Yo, generalmente este funicular se usaba solo en temporada de corta y donde el trasporte terrestre era mas complejo, por lo que eventualmente algunos tuvimos la oportunidad de disfrutarlo y sufrirlo.

LA PREZA SAN LORENZO

El pueblo contaba con una centralita hidroeléctrica, que aprovechaba el caudal del Río Sucio que circulaba sinuosamente al norte del poblado quizá a unos ocho kilómetros de distancia promedia, supongo que el lugar donde se encontraba la represa se llamaba San Lorenzo, cerca del Cantón San Matías y de allí el nombre de esta, se trataba de un embalse de unos quinientos a mil metros cuadrados de área cubierta de agua, retenida por un dique de cien a ciento cincuenta metros de largo y unos veinticinco de altura que tenia un desagüe que daba a un canal de concreto de unos cinco metros de ancho por unos tres de profundidad con pequeñas exclusas cada cierta distancia, que después de deslizarse por unos quinientos metros desembocaba en un tubo metálico estimo de unos tres a cinco metros de diámetro que llevaba el agua en pendiente hasta las turbinas de producción; volviendo al embalse, al lado derecho se encontraba el muro del dique por donde se escurría el agua excedente hacia el cause normal del río que consistía en una garganta de unos cincuenta metros de altura cuyas paredes estaban conformadas por enormes rocas cortadas casi en la vertical, quiero dejar claro que esta fue mi apreciación del complejo cuando conocí por primera vez el lugar, posiblemente a los nueve u once años de edad.

Desde el pueblo a la presa San Lorenzo se llegaba, saliendo del mismo por la calle que pasa por el barrio el guayabal y que lleva al balneario de La Toma, pasando por este y continuando hacia el norte llegábamos a la hacienda Atapasco e introduciéndonos en la misma por entre el caserío, reses, chagüites y potreros en lomas y planicies llegábamos al borde del río Sucio en donde se encontraba un puentecito de “hamaca” de quizás un metro de ancho,  que colgaba sobre el precipicio formado por el cause del río, presumo que el largo del mismo seria de unos cincuenta a cien metros, formado de cuatro cables de acero que soportaban una estructura de tablas que servía de calzada que se ondulaba y mecía al impulso de los pies temerosos de los caminantes y del viento, una vez llegábamos al otro extremo emprendíamos el camino a la represa por un sendero a la par del canal que conducía el agua a la turbina, a la derecha dejábamos una caseta con un enrejado por donde se colaba el agua que bajaba por un tubo de acero inclinado estimo de unos tres o cinco metros de diámetro que llevaba el torrente hacia la sala de maquinas unos centenares de metros más abajo, este sendero angosto paralelo a la estructura de concreto del canal obligaba de vez en cuando a caminar sobre el muro de la estructura, lo cual no dejaba de ponernos nerviosos por la velocidad del torrente, no obstante más de un abusivo se aventuraba a sumergirse en la corriente para probar su hombría, los demás mirábamos y continuábamos camino a la presa en donde encontrábamos sitios tranquilos en los que disfrutamos no solo de la frescura del agua sino el espectáculo que daban los perritos de agua, nutrias y peces de toda clase. Un recuerdo sincero para los hermanos Carlos y Alberto Barrera, quienes nos sirvieron de guía y cuyos padres que trabajaban en el complejo estaban pendientes de nuestros actos.

Demás esta decir que el sitio era muy frecuentado sobre todo por los lugareños en vista de su riqueza de peces, como tepemechines, juilines, cuatrojos, bagres, plateadas,  guapotes, mojarras y cangrejos y camarones, su esplendor natural y su tecnología, no obstante en los inviernos eran poco los atrevidos por la impetuosa fuerza del cause.

Algo adicional que me parece puede despertar reminiscencias en algunos es el hecho de tener que pasar en la hacienda Atapazco por entre las reses y encontrarse mientras buscábamos guayabas en los potreros, con más de algún buey, vaca, toro o torete de mirada desconfiada que nos hacia distanciarnos con prisa, los deslizones en los barriales y más de alguna ocasión en que los caminos se equivocaban de rumbo y terminábamos perdidos.
Otros sitios interesantes fueron la poza del Roble por el barrio el Guayabal, la Ceiba de la Chin yendo hacia el Cantón Primavera y otros.

SU GENTE

No obstante un pueblo relativamente joven, ya se habían confirmado a esa época la existencia de algunas clases sociales aunque con pocas y significativas diferencias que se traducían más que todo en actitudes de los jóvenes por rivalidades a la hora de disputas deportivas o de juego o por el exceso de familiaridades con miembros de la familia, principalmente cuando se trataba de mujeres. No obstante lo anterior podría asegurar que existía un gran acercamiento entre todos los habitantes de la población, y en todos los estratos encontramos figuras que se hicieron notorias en el transcurso del tiempo.

Posiblemente no pueda identificar con nombre preciso a todos estos hombres y mujeres que en esta época le dieron su razón de ser a esta población y también es posible que no mencione a algunos de mis amigos y amigas, por lo que anticipadamente les pido disculpas, así como a aquellos para quienes utilizo el apodo o sobrenombre que respetuosamente guardo en mi recuerdo y que de no hacerlo carecerían de identidad estas estampas que pretendo traer a su memoria; haré lo posible por recalcar sus características para los que nos cuesta ubicarnos, e iniciaré enunciando a algunos adultos mayores de muy significativo quehacer cotidiano del pueblo, que merecen mi respeto y mi recuerdo.

También es posible que algunos de mis lectores no estén del todo de acuerdo en mis apreciaciones pero vale la pena recordarles que estoy trayendo de mi mente esa experiencia tan personal que naturalmente diferirá sin duda de la de otros y otras que corresponde a una época entre 1945 a 1960, con la intención de que quienes me leen se animen a ponerle los complementos que desde su punto de vista hagan más ameno este trabajo, para lo cual sugiero abrir una pagina electrónica que recoja las distintas épocas de nuestro querido pueblo, no obstante presumo que andaremos bastante próximos todas aquellos personas de mas o menos mi edad, en cuanto a que este período no tiene parangón y que mis conceptos solo pretenden retraer esas felices circunstancias que compartimos.

En todo poblado existen artesanos que a pulso se ganan el reconocimiento de propios y extraños, una de estas personas fué Don Félix Castillo, un reconocido sastre, por cierto con cierta incapacidad física que lo hacia notable, con quien acudía todo aquel hombre que se preciara de lucir un traje a la medida, principalmente cuando de una celebración especial se trataba, y su clientela no solo la conformaba gente del pueblo sino muchos personajes de la capital y otras ciudades que viajaban expresamente para seguir el proceso de confección de su vestimenta, a su vez su señora la Niña Quina Najarro, no se quedaba atrás, era reconocida por las tortillitas de maíz que saliendo del comal ponía a disposición de sus clientes todos los días; allá en el borde del pueblo, en la salida hacia platanillos y Santa Rosa en el barrio San José encontrábamos a Don Bernardo García que también gozaba de mucho aprecio principalmente de pobladores de la zona rural nororiente; y en el centro del pueblo teníamos al  señor Martínez con su sastrería de corte a la medida, otros sastres y apreciables señoras modistas que cumplían con las expectativas del sexo femenino cuyos nombres no menciono para no herir susceptibilidades de quienes no mencione.

En el arte de la confección del calzado a la medida encontramos a varios expertos entre ellos mi padre Don Julio Salazar, quien durante unos cuantos años confeccionó el calzado principalmente  a clientes cautivos de cuando tenia su negocio establecido en la capital,  con la amplia y excelente competencia existente en la población un día cambio su taller por una oficina burocrática en la capital, su manera de abordar por la mañana  la bala de plata (carromotor) para su traslado diario a la capital, fue parte de sus particularidades que le valieron el recuerdo de los vecinos del pueblo además de su reconocida participación en actividades sociales, políticas y otras colectivas. En este mismo arte eran de gran reconocimiento Don Chepe Chicas, Don Cástulo Figueroa, Don Félix Cortés, Chepe Oscar Meléndez , el Sr. Milo Campos, Don Victor Sosa  y otros más que fueron verdaderos decanos de la manufactura de calzado en la población así como de su participación muy notoria en el quehacer cotidiano de la sociedad, cada quien a su modo.

La carpintería también fue una dote de grandes artesanos, recuerdos gratos  allá en el barrio el Guayabal dejo Don José Cordero con sus muebles del hogar y ataudes principalmente elaborados de madera de cedro y Conacaste, de mucha aceptación en la región al igual lo era en el barrio El Tránsito Don Beto Amaya en cuyo taller los jóvenes encontrábamos esa variedad de juguetes que le dieron matiz a nuestros juegos tales como trompos de madera, incluyendo de la preciosa madera de bálsamo y laurel, además capiruchos y otros y para otros gustos y necesidades ataúdes de toda clase y variedad de muebles.

En la Albañilería se me viene a la mente a Don Crescencio Cartagena, especialista en tubos, nichos y cruces de cemento, además de otras actividades, junto con su esposa la niña Noy eran dechados de amabilidad; Aníbal era un joven aprendiz de Don “Chencho” que sin duda alguno gozaba de meritos propios, sin duda habían otros reconocidos artesanos en esta materia de quienes poco recuerdo.

En materia de talabartería y marroquinería, en esa época de gran demanda, teníamos unos artesanos por el barrio El Tránsito, los Rivera que hacían maravillas en esta ocupación, tales como monturas, albardas y otros.

Posiblemente en esa época todo el pueblo sabía que Don Arquimides era el mejor referente para el tratamiento de doblones, zafaduras y similares, quinesiólogo empírico, hacia uso de prensas de madera para ponernos quietos y trabajar con comodidad, a veces la aplicación de las prensas era mas traumático que la sobada, la competencia más cercana a él, vivía en el mismo barrio el Calvario arriba de la estación del tren, le llamábamos Minguito, y para quien temía la rudeza de Don Arquimides, era la mejor alternativa como sobador, Minguito además era uno de los fuertes impulsadores del deporte quezalteco ya que aun con sus limitaciones económicas organizaba y daba sostén a equipos de fútbol principalmente juveniles y participaba con entusiasmo en la organización de torneos de esta y otras disciplinas incluyendo atletismo era un buen cristiano, recuerdo además que como pioneros del deporte realizaron mucho, Rito Martínez, entrenador, arbitro y no se que más,  Carlos, Edgardo y Herbert Chicas, Orlando Hernández y Julio Machuca, el profesor Orlando Orellana y Belinda mas adelante de Orellana, el Papy, Piyeyo y muchos y muchas más realizaron grandes esfuerzos por representarnos en el deporte.

En las artes también hubo personajes que le dieron vida regional y nacional a su quehacer, aunque tales artes no eran desarrollados a tiempo completo, sino como pasatiempos complementarios, así teníamos un Quino Caso, cuyo nombre era Joaquín Castro Canizález, escritor en ese entonces ya reconocido, Rutilio Quezada, joven que inicio en esos días su desarrollo como escritor, Rafael “Chafuca” Mendoza y otros que se me escapan, en la pintura autodidacta no hay que olvidar a Arnoldo García y Antonio García Ponce, los filarmónicos de la banda municipal y otros dotados como Don Pablito Peña que deleitaron nuestros gustos artísticos.

Dentro del magisterio destacaban con honra Don Salvador Rivas, quien confiaba mucho en el “chilillo” para disciplinar, Don Juan López,  Milagro Montalvo, Lito Pineda,  Doña Tere y Don Salvador Fonseca, Doña Tere de Chavez, Don Regulo Pastor Murcia, Doña Toñita Pineda, Toyita Avelar, Julia Alvarado, Mario García y Ana Ruth, José Alberto Colocho, Paco y Julio Palencia, Don Saúl Palomares y Doña Diva, Don Torcuato con uno de los primeros colegios estilo militar, El Sr. Rogel con su academia de escribir a maquina,  otros y otras interesantes personas que le dieron brillo a la cultura de la población.

En el campo de la agricultura eran muchos personajes reconocidos como Don chepe y Napoleón Quezada, Don Guillermo y Doña Erlinda Quezada, la familia Quijada, Los Lopez, Manuel Avelar, Salvador Montalvo y muchos mas, que a fuerza de ser sinceros ni idea tengo de quienes eran realmente agricultores o ganaderos.


En la medicina y los negocios teníamos médicos y farmacéuticos como el Dr. Carlos Cevallos que entre otras importante cosas nos regalaba chocolates con laxantes, al doctor Roque Padilla, padre de nuestro buen amigo Roque hijo, El Dr. Fishnaler de origen alemán o judio y sus preciosas hijas y uno que otro dentista que no recuerdo a lo mejor en defensa de mis experiencias, Don Lito Flores con su farmacia en el portal frente a la Iglesia, el teniente Alfonso “Chino” Castro que se integro a la población en forma aceptable, no obstante su trabajo.

Muchas otras personas hombres y mujeres con magnificas con ocupaciones potenciaron el crecimiento del pueblo, a mi recuerdo vienen, los padres de los Chicas,  el Sr. Saravia que tenia negocio en el balneario de La Toma; la niña Lola Palacios con su taller de costura y sus guapas hijas Conchi, Tere ; la Tina con sus sabrosos típicos allí por la estación del ferrocarril; la niña Virginia instalo su tienda en la esquina más próxima a nuestra casa y generaba rumores de que la manta que ponía sobre el deposito en donde recibía la leche fresca que le traían de alguna ganadería, cubría el agua con que adulteraba el producto, especulaciones quizá, ya que tenia mucha demanda; la señora madre de “Tiguacal” Chamagua con sus sabrosos refrescos de fruta que expendía frente a la alcaldía, la mama del Tunco con una sabrosa fritada que hacia las delicias de quezaltecos amantes de frituras, de igual forma en el barrio Nuevo, se podía ver el proceso de destazar y producir ricos productos de cerdo, chicharrones, fritada, moronga y chicharra, desde la colgada del cerdo vivo hasta la cocción de la moronga con chile, cebollas, yerba buena y no se que más, de muy particular recuerdo por su don de gente y sabiduría las señoras Esperanza quezada, Chayo Chicas, Tere de Valenzuela, Diva de Palomares y muchas más para quien van mis respetos.

Por sus particularidades convivimos con gentes muy especiales como Don Emilio Solís ya que todas las mañanas y tardes pasaba frente a mi casa hacia la planta de bombeo para abrir las válvulas del agua potable, lloviera o hiciera calor o pasara lo que pasara, años después Salvador Sánchez Cerén lo haría con otros objetivos. Y que decir de Quique Vila,  muy apreciado en su almacén cerca del mercado, además de deportista, muy buena persona y colaborador en las causas del pueblo; el turco Hananía y su esposa, ambos de buen porte al frente de su negocio, Pedro López al frente del almacén Vidrí frente al mercado y su hermano Mameyón en la compañía de luz, Gilberto, Choto y Foncho Quijada, miembros de amplio clan cada quien haciendo huella a su modo, el chino Quan y su muy apreciada esposa con el cuento de la cenicienta estilo quezalteco, en su almacén de variedades, Don Emilio Bazán y sus hijos e hijas en su almacén de telas y mercería, Carlos Kattan, la familia Yada, la casa de empeño de los Berdugo, Don Victor Orellana con sus autobuses públicos, Don Chente Avelar y Don Guillermo Ticas excelentes mecánicos automotrices, Mary Najarro y Chindondo en la confección, La Chola de Najarro y Rogelio en la elaboración de flores artificiales, Tito Arguello y su familia, Los señores Lémus, Los esposos Narváez, Don Chepe Zavaleta, Don Joaquín Alfaro, Don Jose Angel López, Genaro y Candelario Figueroa, Los y Las Coto, Carlos “cocha” Campos, la familia Sánchez Cerén, Los “chompipes” Gonzalez, la familia de Mario Parada, Mario Lemus, Alejandro Diaz, Los Bonilla, Los Huezo, Los Calero, Los Cubias uff.. y muchos mas que quisiera mencionar pero que ahora se me escapan.

Otras personas que asumo se les recuerda por diferentes circunstancias me vienen a la memoria cono: la Betina muy popular en el barrio el calvario por sus excentricidades en el vestir, vivía a un costado del parque Morán; casi frente a nuestra casa vivía Marcos  esposo de Cristina Bocanegra, foraneo pero reconocido como conductor de uno de los carro motores (balas) del ferrocarril,  otro de los conductores fue el Sr. Carlos Flamenco, esposo de la niña Lety de Flamenco, amiga de excelentes cualidades; Don Arturo Valenzuela, con su muy popular molino en el barrio el Guayabal que regenteaba su hijo Tono, Don Manuel Valenzuela y señora sus hijos Gustavo y Oliverio y su hermana Chela, Don Chevito que un día llego a radicarse al pueblo y nos mostró su arte en materia de bocas frías y comida de restaurante.

Asimismo convivimos con hombres y mujeres jóvenes y adultos deportistas, soñadores, dandys, intelectuales y emprendedores que en los años siguientes dejaron también su huella en las estampas de la época a quienes les hago llegar mi respeto y un caluroso saludo, para todos aquellos y aquellas que recorrimos las calles empedradas de nuestro Quezaltepeque, que disfrutamos de los paseos a la Toma, que compartimos las caminatas al cerrito, que disfrutamos de los juegos en las calles de luz quejumbrosa, que pelamos las matitas de cordoncillo en los enfrentamientos nocturnos o espantábamos en las madrugadas a los pijuyos en el parque Morán, aquellos que soportamos los castigos a chilillo batiente en la escuela Mercher, en el grupo Larreynaga, en la Pinto, en la Miguel Angel, con quienes en mas de alguna oportunidad hurtábamos frutas en terreno ajeno, con los que organizamos despedidas en el grupo escolar y formaron parte de las brigadas para “conseguir” la alimentación, con quienes salimos a vigiar cipotas y a las cipotas a quienes vigiábamos, para quienes nos acompañamos en las madrugadas de estudio en el parque con la guacalada de shuco, para quienes nos enfrentamos en aquellos torneos de futbol, basket o softbol, para quienes deambularon por cualquier parte en busca de ilusiones perdidas, para quienes nos encontramos en algún momento inmersos en discusiones o desavenencias o nos agarramos a zopapos, a quienes coincidimos en la ruedas voladoras, Chicago o caballitos, con quienes recorrimos los caminos de los cantones en algún tipo de aventura y que chapoteábamos en las correntadas de la calle después de las tormentas para ver nuestros barcos de papel sumergiéndose en los tubos que atravesaban la calle y que forman parte de la memoria histórica de mi pueblo;  quiero referirme de manera muy familiar pero con mucho cariño y respeto, quizás muy brevemente, porque de no hacerlo así no termino, a algunos amigos y amigas un poco mayores que Yo, y otros menores, todos conformaron ese escenario imborrable que vive en cada uno de nosotros;  Lito Sandoval siempre muy serio y amable por el Banco Capi su hermano y su hermana; Limpiamundo, su nombre propio se me escapa, pero es miembro de la familia de Doña Erlinda de Quezada, no tengo idea de porque del sobrenombre, ni cuando surgió, pero era reconocido como tal y a mi parecer no le importaba mucho; Ebodio Quezada siempre diligente y apurado, un gran señor y amigo; Rutilio Quezada, hermano de Ebodio, siempre cortés , intectual y humano, mostraba ya sus dotes y relevancia cultural; Choto Quijada que juntamente con Jaime Ticas se disputaban el modelo del fisicoculturista quezalteco; Foncho Quijada hermano de los muchos Quijada, con Rene ya destacaban en las artes al igual que su hermana destacaba en belleza, José Cordero que destaco en el atletismo a nivel nacional; Lulo Varela y Mario Parada, dandys de altura; Carlos y Leonel Cevallos, Mario Lemus, Balta Bazán, Balta Berdugo, Balta Cartagena, Mario “pajaro”, Rafael Figueroa Melendez, Abelardo González de los pipes, Fredy y Rotecho Sánchez, Chindondo,  Danilo Zavaleta “el Papy”, el Piyeyo, Lito Marroquín, Carlos “Cocha” Campos,  Sánchez Cerén, hermano mayor de Salvador,  Meme Buendía que además de otros deportes, formaban parte de una legión de amantes del básquetbol, softbol y béisbol y practicaban en la cancha oficial y en la cancha del calvario, Alejandro Díaz, Los pagua, el choco y su hermano Abel, Camarál, Aníbal, Rogelio Najarro, Jose Colocho, Mario Aguirre, Carlos Fajardo y hermanos, Meme Coto, Carlos Narváez, Filadelfo Lopez, Carlos Guerrero y su hermano y  poco después Fito Ruiz, Gustavo Lucha, Navarrete, y muchos mas que se derrengaban en las canchas de fútbol y de basquetbol, con el apoyo importantísimo de Guillermo “El choco” Buendía, el “Chato Guia” Tobar y otros, Fito “Cotuza” Quezada compañero de escuela, deportista y enamorado, de muy grata recordación por su amigabilidad; El Diablo, siempre en el medio, pertenecía a una familia de destazadores del Barrio Nuevo cuyo apellido no ubico, debió su sobrenombre a su fortaleza física adquirida disque porque en su diaria labor de destazador bebía en crudo la sangre de las reses, cierto es que muchos guardamos recuerdos de los trompos y “chibolas” rotas en el parque Morán a causa de sus potentes lances.

Dentro de mi generación compañeros de juegos y entretenimientos más contemporáneos Miguel Mendoza, Goyo Dubón, Abrahán Martínez, mis hermanos (los chinos) Alfredo, Jacinto, Ricardo y Eduardo,  Rolando Urrutia, Nancho Lopez, Chepe Castro, Tono Lemus, Balta Chávez,  Roberto López, Salvador Pacheco, Herbeth Chicas, Lito Cartagena, Gilberto Flamenco, Juan y Lito Chávez, Rogelio (el chele) y Leonel (el chato) Najarro, Fito y Meme Aquino, Beto (Tunca) Orellana, Jorge Martínez el Goydo, Santiago y Roberto Machado,  Juan López, Armando Estrada, Arnoldo García, Lito Lemus y sus hermanos, Pedro López hijo, Balta y Napo Quezada, David Zavaleta, Fito Narváez, Ricardo Padilla, Roberto Figueroa, Guillermo Buendía y su hermano, Salvador Fonseca, José Eduardo Cordero, Concepción Henríquez, Chalio Paz, Victor Hugo Valenzuela, Jorge y Meme Guevara, Roberto Gallardo y hermanos, Vicente, Gilberto y Roosvil Portillo, Toño y David Ancheta, Julio Rebollo, Los “Cohetes” Sosa, Hermógenes Alvarado “Moye”, Salvador Saget y hermanos, Luis “Pijita” Calderón, Mario “Cachulo”, Carlos y Alberto Barrera, Lito Caite, Chintalala, Sabas Tobar, Chepe Huezo, Joaquín Alfaro hijo, Changel López, Roberto y Milo Solís, Salvador Marroquín, Romeo Lara, Tito “Cuchillo” Pineda, Juan Caravantes, Oscar Navarro, Roberto y Carlos Figueroa, Andres el Zurdo, El Beatle, Rutilio Sandoval, Carlos “Chachama”, el “gato” Cortez,  Tomas Cubias, Moncho y muchos muchos más.

La mujeres quezaltecas también formaron la mejor parte de este mosaico de figuras del pueblo reconocidas en diferentes quehaceres y eventos tales Ketty de Alfaro, Nena Varela,  Lety  y Morena Palomares, La niña Rosa Villalta, Cristina y Angela Bocanegra, Toñita y Carmen Coto, Milagro, Esperanza y Sofi Cristales, Elvia Espino, Coyito Orrego, Ester y Esperanza Verdugo, Blanca Lidia Córdova, Rosario Canizález, Isabel García, Hilma Avalos, Hilda, Claudia Fernández,  Angelita Fajardo, Alcira Cornejo, Cordelia, Elisa Bonilla, Eufemia Castro, Mabel y Dora Najarro, Nena George, Nely Sanchez, Angelita Fajardo, Luchy Lopez, Ana Cubías, Ana Tobías, Ana Chicas, Alba Quezada, Julita Quezada,  Tete Fonseca, hermanas Solís, Isabel Campos, Anargen y Olga Murcia, Norma Lopez, Anabella Langlois, Irma Alvarado, Ana y Chita Chavez, Lety Cuestas, Consuelo Ancheta, Juanita Duanes, Tita Machado, Gladis Guevara, Edelmira Martínez, Maria Elena Mathus y Ana Calvío otras estimadas amigas.

Personajes en actividades bien particulares.

Creo que no podríamos dejar de mencionar a algunas personas que aunque no se integraron con actividades para todos decorosas formaron parte de la huella en la historia de este gran pueblo, una figura muy popular aunque no tan calificada por la naturaleza de sus negocios fueron “El viejo Pelón” cuyo nombre nunca conocí pero que tenia quizás el negocio de pensión mas popular del pueblo, Don Santiago Machado, llegado por esa época al pueblo y tenia un negocio de cervecería, la Chanmica, una muchacha vivaracha que deambulaba por el pueblo, la Tinita y La Juanita para muchos jóvenes significaron la puerta de entrada a la sexualidad pura, “Tiguiyo”, un hombre con discapacidad mental que tenia en su repertorio todo tipo de anécdotas, incluyendo la de la razón de su idiotez,  que refería que siendo niño había sido jugado por la Sihuanaba o que el terremoto de Chinameca lo dejo así, “Chorro”, quizá el único policía municipal en esos días, muy querido y bilipendiado a la vez; El “chichi” un vecino de la población con tendencia homosexual, que frecuentaba el parque y gustaba de contar chistes a adolescentes curiosos y otros.

Con el correr de los años y los pantalones largos se volvieron sumamente atractivos los mascones entre los equipos de los barrios no solo de futbol sino también de básquetbol, que se conformaban por los en aquel tiempo cipotes entre cuyos nombres (de los equipos) aun se recuerdan, Quetzal, Juventud Alegre, Los Halcones, San Jose, Partisan,  CCQ, Malmoe y otros.

En la medida en que fuimos creciendo también el pueblo creció y muchos cambios se dieron en el entorno así como en el modo de apreciar las cosas, por lo que invito a los quezaltecos a atreverse a plasmar su propia experiencia para que nuestro pueblo siempre viva en su gente.

ESTAMPAS  PERSONALES   

Un viaje en autobús a la capital.

Viajar a la capital a mis tres o cuatro años era verdaderamente un privilegio que no todos los niños del poblado podían darse en aquellos tiempos, mi padre había emigrado de la capital hacia aquella población como una alternativa para rehacer su taller de zapatería después de que las fuerzas del ejercito lo destruyeran por haber participado en actividades en contra del gobierno tirano del momento, y porque sus tías abuelas tenían mas al norte una  propiedad que visitaban periódicamente, ocasión que aprovechaban para visitar a su hermano, mi abuelo, que vivía con mi padre a causa del cansancio de los años. Las necesidades del negocio obligaba a mi padre a ir al menos una vez al mes a comprar materiales y de paso visitar a su hermana mayor o a otros familiares que aun vivían en la capital.

Acompañarlo en el viaje sin embargo solo se daba una o dos veces al año, sin embargo el día del anuncio de que le acompañaría era especial y significaba acostarme temprano para las viscicitudes del viaje. Ese día comenzaba con una madrugada, levantarse a las tres y media para ir hacia el parque central del pueblo a unos cien metros de nuestra casa a esperar el paso del autobús  o dependiendo del día de la semana de que se trataba, caminar hasta la Terminal de buses que quedaba al otro extremo del poblado y estar allá antes de las cuatro y media, hora en que llegaba el autobús para ser abordado por los usuarios, escrito de esta manera parecería que la cosa no era del otro mundo, sin embargo aquello era para contarlo, la prisa por estar en la Terminal cerca de las cuatro y media de la mañana era porque aun y cuando el autobús salía a las cinco era el único o uno de dos viajes de ida por la mañana, si querías tomar un asiento y viajar un poco cómodo, tenias que participar en la garduña que se armaba a su llegada; generalmente en la disputa participaban generalmente solo hombres que aunque no eran los viajeros, le guardaban el asiento a este o esta, no obstante siempre habían algunas avezadas mujeres que lo hacían mejor que los machos. Una vez asegurado el asiento había que esperar para la salida del bus, por lo que terminar de dormir era posible con mayor facilidad para los que con mayor frecuencia pasaban por aquel proceso; cuando el sol comenzaba a aclarar el fondo negro del estrellado cielo, el autobús se ponía en marcha y comenzaba una sinfonía de chirridos entre sus desgastadas y sonoras piezas metálicas al sentir el peso de sus apiñados usuarios que comprimía las piedras de las penumbrosa calle, apenas iluminadas por los focos incandescentes de veinticinco watts que en cada esquina del poblado intentaban iluminar mas allá del poste de madera que lo sostenía, cerca de treinta minutos después de haber salido de la Terminal y luego de un numero similar de paradas adicionales en las que el bus se llenaba hasta el techo no solo de bultos sino también de personas, dejamos atrás las tenues luces del pueblo para entrar en un mundo de sombras de infinidad de formas que se agigantaban con las luz de los faroles del autobús y que contrastaban con el resplandor del sol que aun se negaba a salir; no obstante Nejapa, el primer poblado en el que el bus hacia una parada prolongada, estaba solamente a unos diez kilómetros de Quezaltepeque, el tiempo de viaje llegaba a cerca de una hora, debido a que el autobús paraba en cada sitio donde hubiera un pasajero pidiendo subir y por las precauciones del conductor para amortiguar al máximo posible los golpes en las piedras y agujeros de la carretera. Yo, mientras tanto, y aun y cuando la semioscuridad del crepúsculo solo dejaba ver a medias las maravillas del camino, me aferraba al marco de la ventana al lado de mi asiento y adivinaba lo que se escondía detrás de cada sombra a la vera del camino.

Cerca de las ocho de la mañana y satisfecho con las chucherías que se tenia la oportunidad de comer en cada pueblito por los que pasaba el autobús y a lo mejor después de un breve sueñito llegábamos a la Terminal de Oriente en la capital y emprendíamos una caminata por la avenida Independencia en ese tiempo un monumento a la vista por su trazado principalmente frente a lo que fue la fabrica de cerveza La Constancia, ya que había unos hermosos leones de cemento, unas agradables bancas metálicas y jardines con árboles y flores y pasaban por la calzada carros tirados por caballos, vehículos automotores de la época y si mal no recuerdo un tranvía, el paseo me parecía a mis cuatro o cinco años amplio y maravilloso, llegábamos por la Iglesia de Concepción y de allí hacia algún lugar donde vivía la hermana de mi padre,  el retorno al pueblo probablemente lo hacia dormido porque muy poco recuerdo.


Despedida de grado

Este año terminábamos el sexto grado en el grupo escolar para varones Larreynaga y alguien propuso que había que hacer una fiesta de despedida por lo que ante las pocas posibilidades económicas del grupo había que ingeniarse para obtener los recursos para que la misma tuviese realce.
Mas tarde algunos tímidos nos enteramos de las estrategias utilizadas por algunos de nuestros compañeros que sin duda alguna no tenían ni pizca de recato, conformaron grupos para ir a la busca de los recursos necesarios para disponer de alimento, lo que incluyo la de salir por las calles del cerrito y valle del señor armados con sendas hondillas con las cuales pudieron cazar algunas gallinas perdidas y otros elementos que sirvieron para disponer de un buen banquete.

Buscando guayabas

Una de las características agradables de la vida en poblaciones pequeñas era la de disponer de los espacios en donde podías no solo hacer un paseo con tu familia o con tus amigos, sino mitigar un poco el deseo de degustar de algunas de las frutas que en abundancia  se dan en el campo y aunque algunas tienen que ser cultivadas otras se dan en forma espontánea, una de estas es la sabrosa guayaba y Quezaltepeque disponía de muchos lugares en donde estas crecen libremente y cualquiera puede disponer de la misma forma, sin embargo algunas situaciones imprevistas pueden hacer repensar ir en su búsqueda.

Era Sábado y dispusimos algunos de mis hermanos y otros amigos ir a caminar por el campo al lado del río Sucio, a bañarnos y a comer guayabas de las muchas que abundan en sus riveras, llegamos y nos dirigimos hacia donde sabíamos se encontraban las mas sabrosas, dejando a un lado lo poco que llevábamos en las manos, nos subimos a los arbustos, nos acomodamos y cada quien dispuso de su menú como quiso, luego de un rato alguien grito y pronto nos dimos cuenta de que estábamos sobre una manada de reses que pastaban tranquilamente guiadas aparentemente por un torete negro, ante nuestra incompetencia con estas bestias, nadie se atrevía a bajar de los arbustos y no fue sino hasta de cerca de dos horas después, cuando las reses se trasladaron hacia otro sector del potrero que uno de nosotros emprendió carrera y todos los demás lo seguimos dejando no solo las guayabas sino también algunas de las prendas de baño, poco después nos enteramos que un compañero de escuela que vivía en esta zona nos había jugado la broma.

Un chamaco de cuidado

Arnoldo era unos cuatro años mayor que Yo, vivía en un mesón a unos cincuenta metros de mi casa, su madre de condición mucho mas pobre, dejaba el cuidado del muchacho a su abuelo mientras ella salía a hacer trabajos domésticos a algunas casas del vecindario o a la capital, posiblemente esta condición de limitaciones y un trato no conveniente para un niño, le genero una agudeza mental que era de envidiar.

Estábamos en el periodo de fin de año, durante el cual gozábamos de vacaciones escolares y se realizaba la zafra de caña de azúcar, principal cultivo en la región, y en ese tiempo de muy buena calidad; un ingenio de regulares proporciones se ubicaba al sureste de la población y hacia este convergían las caravanas de carretas, medio que servia para transportar la caña; nuestras viviendas estaban ubicadas en una de las avenidas centrales del pueblo y era esta la ruta de las caravanas que la transportaban desde los cañaverales del noroeste del pueblo al ingenio. Generalmente cuando la corta de la caña se iniciaba, el numero de carretas no era grande y pasaban de forma “relanceada”, pero en la propia cosecha eran verdaderos trenes de carretas transitando, especialmente desde cerca de la seis de la tarde hasta bien entrada la noche, era normal ver a chicos y grandes tratando de sacar alguna que otra dulce caña de entre las bien prensadas carretas, al descuido del carretero y a la tenue luz de los candiles de las carretas y de los faroles de la calle.

Este verano comenzó la temporada a mediados de Octubre y algunas carretas iniciaron su peregrinaje, una tarde al salir a la calle me llamo la curiosidad ver a Arnoldo con un azadón desempedrando un tramo de la calle justo frente al portón de entrada al mesón en el que vivía, las piedras que quitaba, las entraba al zaguán y de allí sacaba unos terrones de adobes porosos ablandados por el agua del invierno recién pasado y cuidadosamente los colocaba dentro de la zanja a esas alturas de unos  cuarenta centímetros de ancho por unos veinte de hondo y no mas de un metro de largo, ubicada casi a un tercio del ancho de la calle y finalmente cubierta por cohollos de la misma caña dejadas a medio masticar por lo bueyes que halaban las carretas; cerca de las seis de la tarde comenzaron a pasar las primeras carretas, generalmente adelantadas a la caravana una media hora, cuando de repente “tras”, una de ellas estaba atascada hasta casi topar el eje en tierra, digo en piedra; en la semioscuridad creciente de la noche, aquello pareció un accidente común para carreteros por lo que a este no le quedaba más remedio que descargar la carreta, sacarla y volverla a cargar, la figura solicita del niño de once años fue providencial para el carretero, ya que con su ayuda alivianó un poco la descarga, sin embargo algunos rollos de caña al descuido del carretero fueron a parar a su zaguán, al día siguiente le vimos vendiéndoles a algunas tiendas del lugar, demás esta decir que su abuelo después de una buena chiliyada le puso a reparar la zanja para alivio de los carreteros.

Arnoldo con su astucia lograba que algunos amigos un tanto menores que el, participáramos de sus tareas como si estuviésemos en un juego, le pagábamos unos centavos por llevarle su carretilla mientras el recogía leña para su hogar, sin que por nuestra mente pasara que le estábamos haciendo el trabajo casi total, o por acompañarlo a pastar una vieja yegua de su abuelo a las afueras del pueblo, en estas oportunidades no solo pagábamos unos centavos sino que además sacábamos más de un golpe al caer del lomo de la yegua al piso arcilloso ya que generalmente éramos tres compañeros vecinos los de su predilección para invitarnos al paseo en el jamelgo; al llegar a las afueras del poblado luego de caminar al lado del animal por unas dos cuadras y fuera de la vista del abuelo, aprovechando una gran roca al lado del camino, subía al lomo del animal ubicándose al frente mientras los otros tres nos íbamos acomodando uno tras otro, el sitio de pastaje estaba mas o menos a un kilómetro del pueblo y el camino tenia una leve pendiente, al vaivén del paso de la bestia, el empuje cínico de Arnoldo y sin mas asideros que la cintura del que iba adelante, el grupo irremediablemente se deslizaba hacia las ancas de la bestia, en el trayecto sin poder soportar el agarre, uno a uno íbamos deslizándonos hasta caer por la cola, naturalmente Arnoldo nunca caía ni hacia nada por evitar que los demás cayéramos o nos acomodáramos para no perder la fijeza y por más que nos afianzábamos de lo que teníamos a mano, total, terminábamos caminando buena parte del trayecto sin esperanza de reinstalarnos por los argumentos contundentes que esgrimía.

Pero en el fondo era un autodidacta ingenioso en algunas oportunidades me pedía que le sustrajera a mi padre poquitos de pintura con las que creaba cuadros generalmente naturalistas; sin duda alguna había en El esa mente despierta y creativa que inspira, y una conciencia limpia, ya que a su edad todas sus andanzas y malandanzas tenían un fin, su manutención y la expresión de su creatividad. Un mural a la madre en el mayor centro escolar del pueblo llevaba su firma cuando salimos del sexto grado.  



Apartar asiento

Algunos de nuestros padres tenían trabajos en la capital por lo que tenían que disponer viajar todos los días o quedarse durante la semana en la capital. Para quienes tomaron la primera opción requería que, siendo escasos los medios de transporte y con horarios muy poco cómodos, madrugar y competir por los espacios disponibles en los medios que funcionaban, uno de ellos eran los autobuses, que por lo lento e incómodos no eran muy apetecibles y el otro eran los carros motores del ferrocarril.

Estos carros motores pernoctaban en el pueblo y salían muy de mañana, por lo que para abordarlos el pasajero o alguien de su familia debería madrugar a las 4.00 a 4.30 a.m. para esperar que pusieran a disposición el carro motor y poder abordarlo y posesionarse de un asiento para el viajante, sin duda alguna esto era cosa de astucia o de fuerza, en algunos casos de lastima, cuando a un cipote otro adulto amigo le guardaba el puesto para el pariente; pero algunas veces la situación tomaba otro matiz cuando a la hora de encender el vehiculo, este no arrancaba y había que transbordarse a otro.

No era fácil para uno de cipote, levantarse en el frío de la madrugada y enfrentarse a la
serie de circunstancias de la misión, algunas veces esperar a la puesta a disposición de la unidad e transporte, la lucha con mayores para afianzar un asiento decente y conveniente, terminar de dormir y estar atento a abandonar la unidad, ante la mirada ansiosa de quienes van de pie, en el ultimo momento de salida ya sea porque nuestro pariente no llego a tiempo o porque la unidad salió antes, era frecuente que mientras yo me prendía de la manija para saltar en el ultimo momento mi padre corriera por la vía tras el automotor y no perderlo, aunque algunas veces ya había perdido el asiento.

Un viaje en tren.

Recién instalados en el pueblo y antes de cumplir mis dos primeros años, por alguna razón especial a mis padres se les ocurrió ir de paseo a la playa de los Cóbanos en Sonsonate, el viaje se realizó en tren, ya que este salía de la capital, pasando por varias poblaciones incluyendo Quezaltepeque y terminaba en la ciudad de Sonsonate unos 60 kilómetros al occidente de la capital.

El día del paseo deberíamos abordar el tren en el pueblo por lo que había que levantarse temprano para preparar todos los avituallamientos del mismo antes de la siete de la mañana, puesto que entre esta hora y media hora mas tarde pasaba el tren y había que estar en la estación luego de haber comprado los respectivos boletos y ubicarse en el anden de abordaje.

No recuerdo el momento en que lo abordamos ni los vericuetos del viaje, pero conservo claramente la imagen de la llegada del tren a la estación de Sonsonate, se trataba de una construcción en forma de galera que para mi tenia dimensiones fantásticas que engullía al tren en su totalidad, quedando todo sumido en una semiobscuridad que solo rompía el tenue brillo de algunas bombillas amarillentas ubicadas muy , muy altas en algún lugar que yo no comprendía, bajamos del tren y emprendimos la salida, aunque ciertamente yo estaba siendo cargado por uno de mis padres, era fantástico como al ir saliendo nos encontrábamos poco a poco con la luz del día que cada vez se hacia más brillante, en la medida en que nos alejábamos seguía con la mirada aquella estructura de color café chocolate o verde aguacate que continuaba con sus fauces abiertas aun y cuando ya íbamos muy distantes.

Mi abuelo y mi padre.

Un día en algún momento del año mi abuelo llegó a vivir a nuestra casa,  recuerdo que en ocasiones anteriores había llegado con mi tía, su hija y hermana mayor de mi padre, en otras oportunidades me había encontrado con El en la capital en casa de la misma tía y en más de una oportunidad me había sacado a pasear a pie por la 24 Av. Norte, por la Avenida Independencia y por las piscinas del Coro, pero este día se instaló en la casa de mis padres, aunque la casa era grande, la construcción solo contaba con un zaguán, una sala muy grande don dos puertas a la calle, una a un corredor y otra comunicaba con un cuarto interior, este era amplio con tres puertas la que daba a la sala y dos al corredor y al fondo una ventana a un patio interior, dos corredores amplios, una cocina, y un cuarto interno con un servicio de fosa, toda la construcción era de bahareque y adobe, al medio y al fondo dos patios que para mi eran enormes. Mi padre construyo una división en la sala y allí instalo a mi abuelo, cercano a los setenta años tenia por decirlo así, algunos hábitos buenos y otros malos a mi entender, entre los buenos gustaba mucho de leer y de sembrar plantas y sacarnos a pasear a mi hermana y a mi, muy madrugador y buen lector y malos que fumaba puros en exceso, era jugador empedernido y le apostaba a todo y aunque a estas alturas ya lo había reducido, gustaba mucho del licor.

Una de las excursiones frecuentes que hacia conmigo era caminar hacia el occidente del pueblo hasta el final del barrio el Guayabal a casa de un señor que le llamaba Santana en donde a mi entender se hacían peleas de gallos y otros tipos de juegos que a mi edad no conocía, y en donde con frecuencia escuchaba a una mulata cabello rizado de muy bonita figura cantando una canción afroamericana llamada “Micaela, Micaela”, después de pasar la tarde regresábamos a casa ya entrando la noche.

Mi padre

Mi padre era un hombre que se las sabía todas, a los trece años había quedado huérfano de madre juntamente con su hermana mayor y tres menores, y aunque su padre ( mi abuelo) vivía, no tubo la capacidad de protegerlos en vista de ser victima de los convecionalismos sociales, el juego y la bebida, por lo que los dos hermanos mayores tuvieron que hacerle frente a la vida por sus propios medios, mientras los otros tres fueron apoyados otros miembros de la familia de mi abuelo. En ese vaivén de la vida tanto mi padre como su hermana mayor tuvieron que hacer de todo para subsistir, logrando ambos llegar a adultos con capacidad para vivir sus vidas.

Viviendo los primeros años en el pueblo tenia una bicicleta con una parrilla sobre la rueda trasera, en la cual todas las mañanas me llevaba hacia la escuela Emilia Mercher, en mi primer año de escuela, ciertamente no debe haber sido ni fácil para el ni cómodo para mi guardar el equilibrio y soportar el golpeteo provocado por el empedrado de la calle, ya que el trayecto era casi de un kilómetro, desde el parque Moran hasta el extremo del barrio El Guayabal, no obstante el viaje siempre fue esperado de mi parte con ansiedad pues desde hacia unos días y a unas dos cuadras antes de llegar a la escuela podía contemplar a una chiquilla peinándose frente a un espejo que constituyo quizá mi primera ilusión, curiosamente se llamaba Laura, aparte de ello fue la época en que más pude disfrutar de mi padre.


La quebradita

Al costado oriente del pueblo, y unos cien metros al sur de la calle de entrada al pueblo desde San Salvador, pasaba la cuenca de una placida quebradita que recogía las aguas de un riachuelo de agua tibia que bajaba de la falda oriente del volcán y otro riachuelo de agua fría que bajaba desde la finca Mirasol, ambos riachuelos se conjuntaban justo antes de pasar la vía férrea y corrían hacia el norte pasando a un lado de la propiedad de Don Pablito Peña y de la explanada del potrero de Don Ciriaco en donde se formaba una garganta de regular tamaño, y unos metros mas adelante se deslizaba por entre unas grandes rocas de talpetate que formaban pozas cristalinas de regular profundidad adonde acudíamos los niños vecinos bajo la compañía de buenas vecinas a darnos un sabroso chapuzón en aquella agua ricamente fresca y bastante transparente entre campanillas azules y moradas, zapillo, helechos y otras especies propias del ambiente; aquellas experiencia a nuestra corta edad era una verdadera aventura y una buena forma para mantenernos aseados y acercarnos a la naturaleza pura, lamentablemente la construcción años después de la carretera actual cobro su precio y aquel paradisíaco lugar quedo solo en el recuerdo de quienes tuvimos la suerte de disfrutarlo.       

La llegada de las carretas.

Uno de los hermanos de mi padre trabajaba en una de las haciendas de unas tías de la familia, ubicada mas al norte del pueblo, el verano era propicio por facilitarse el transporte, para cargar carretas con lo que se producía para llevarlo a la capital en donde residían los propietarios (as), en vista de que las vías de comunicación eran escasas y difíciles siempre se buscaba una ruta más corta y menos difícil, al quedar la hacienda más al norte la ruta más conveniente era traer el producto en carreta o a lomo de bestia para nuestro pueblo y luego enviarlo en tren hacia la capital por lo que a partir de noviembre era frecuente que dos o tres carretas llegaran en fin de semana a casa y descargaran desde granos, zacate, dulce de panela, azúcar de pilón, caña y otros; en algunas ocasiones carretas y animales pernoctaban en la casa para partir al día siguiente con las compras efectuadas en el mercado local, ello significaba que los bueyes se introdujeran hasta el patio del fondo en donde una guisquilera hacia sombras y se les llevaba abundante zacate y agua para recuperar fuerzas, lo cual despertaba mi fantasía infantil, la carreta entraba por el zaguán en donde se acomodaba, mientras los caballos ingresaban por la puerta principal de la sala, pasaban por el corredor, cuidando el jinete de no golpearse en las vigas del techo y se acomodaban en otro patiecito bajo unos naranjos, mango y tamarindo.

El viaje a la hacienda de las tías.

Llegado el verano el tío Jorge llegaba con mas frecuencia a nuestra casa, generalmente montado en uno de sus caballos y acompañado de algún campisto como parte de las actividades que en esa época se volvían más frecuentes, el traer producto producido en la hacienda, encargos de los(as) propietarios o compras diversas, en otras ocasiones para acompañar a miembros de la familia que visitaban la hacienda, probablemente al tener unos ocho o nueve años realice mi primer viaje de verano a la hacienda era el mes de Octubre y aun llovía ocasionalmente, el tío Jorge llegó como acostumbraba en su caballo y con uno mas conducido por mi primo Neto de mi misma edad, tanto las patas de los caballos como montura y piernas de los jinetes mostraban las huellas del abundante barro rojo que se adhería tenazmente; mientras los caballos descansaban fue al mercado a realizar las compras y cerca de la una de la tarde estaba preparándolos nuevamente para el retorno esta vez con una carga adicional Yo, con el natural nerviosismo y emoción emprendimos el viaje, Yo en las ancas del caballo del tio Jorge y Neto con carga de compras en el otro, desde la salida al son de la despedida y otras recomendaciones se inician los sobresaltos, el golpeteo del trote del caballo, la intensidad del deseo de sentirse seguro en la grupa del caballo y la mirada curiosa de la gente genera un cúmulo de sensaciones indescriptibles, luego de un tiempo sintiendo y oyendo el golpeteo de los cascos en el empedrado salimos del pueblo al camino de tierra donde este golpeteo se suaviza pero de pronto se comienza a sentir el esfuerzo de la bestia en subir y bajar los desniveles del camino, más frecuente y más intenso cuanto más nos alejamos del pueblo y entramos a terrenos escabrosos y quebradas, como a la media hora de viaje llegamos a la quebrada del zapato en donde los caballos se agachan a beber agua como previendo que deben prepararse para un esfuerzo extenuante, encontrándonos en este punto con mujeres que viajan en carreta que van y que vienen, las primera quitándose los zapatos y poniéndolos a resguardo y las que vienen lavándose los pies embarrados y poniéndose el calzado sacado de sus canastos o alforjas; pasando este punto pareciera que el camino se vuelve cuesta arriba y los caballos bajan y alzan la cabeza a cada paso intentando mantener el paso, buscando morder el monte que de paso roza su nariz, comienzo a sentir el cansancio en las sentaderas pero me aferro mucho más fuerte a la cintura del Tío mientras a los lados veo y siento el tenaz montarrascal que trata de borrar el camino; a pesar de haber comenzado a ceder el invierno los chaguitales se vuelven más frecuentes al llegar a un lugar llamado la Loma del Espino y los caballos moderan su paso y buscan las zonas más firmes sin embargo con frecuencia sus patas se hunden en el barro pegajoso y sus ancas se cimbran para sacarlas y seguir adelante, en mas de una ocasión sentí que el caballo se hundía para no salir más pero tras un jalón que me obligaba a agarrarme mas fuerte salía adelante, aún no entiendo como es que recuerdo tan poco después de casi cuatro horas de viaje, pero cerca de las cinco de la tarde y en medio de veredas y montes lujuriantes comenzamos a sentir la brisa de una tormenta que se acercaba por lo que había que intentar pasar el río antes que esta nos azotara, este no se encontraba ya tan lejos, no obstante transcurrió como media hora antes de entrar a su mágico entorno, obscurecía ya y bajo las ramazones de los árboles que lo cubrían, se oía el acelerado rumor de su corriente y el chapoteo de las semillas del amate que le daban vida en mi mente a la leyenda de la ciguanaba, mi tío busco el vado y ambos caballos metieron sus cascos en la corriente, ahora el chapoteo de los caballos que mojaba mis piernas hacían más fuerte el rumor del río y la sensación de impotencia del niño, cada paso del animal sobre las lisas y sueltas piedras del lecho del río hacia precaria mi estabilidad y mucho mas cuando el animal alcanzo la rivera y se sintió más seguro, ya al otro lado del río y ya obscureciendo proseguimos con prisa hasta llegar a un rancho de paja en donde con ayuda de sus habitantes, bajamos de la bestia, estiramos las doloridas piernas y alimentamos cuerpo y alma con riquísimas tortillas con cuajada y frijoles y nos cubríamos de la tormenta, de alguna manera terminamos el viaje al llegar al calido hogar de mi tío al pie de una frondosa Ceiba que más adelante formo parte de otros recuerdos, al día siguiente y antes de salir plenamente el sol, un rayo de claridad se coló por entre las rendijas de la pared de bahareque del rancho y por primera vez ví un amanecer llenando los espacios oscuros entre las matas de maíz, los árboles y el monte, mientras un arroyo cercano y unos pájaros madrugadores saludaban alegremente al nuevo día.      

     






























1 comentario:

  1. Mi familia es originaria de Quezaltepeque, mi mamá, la Sra. Balbina Colocho López fue maestra en la escuela Emilia Mercher, de hecho tengo un par de fotos antiguas que me gustaría compartir, una de ellas es de un desfile del 15 de Septiembre en la sobre la calle que lleva la cementerio. Si no me equivoco la foto data de los anhos 30. Saludos!

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